Dejar que escoja sus propios juegos

Para un niño jugar es una necesidad que no solo le ayuda a explorar y entender el entorno que le rodea, que colabora en su desarrollo intelectual, le permite evolucionar sus capacidades sensoriales y motrices, exteriorizar sus emociones o ayudarle a desarrollar la lógica y la concentración, además  le permite aprender a socializarse.

Como padres existe una “obsesión” muy generalizada, y es evitar a toda costa que sus hijos se aburran, por lo que les proporcionan juegos y juguetes variados de cara a que constantemente encuentren la necesaria inspiración para entretenerse. A pesar de que los niños cuentan hoy con recursos más que suficientes como para no caer en la indiferencia ante lo que tienen delante, ocurre que verdaderamente se aburren ¿por qué ocurre esto?, sencillamente porque han perdido la capacidad para inventar sus propios juegos y divertirse sin un “guión” establecido. 

El juego que surge de manera natural y espontánea tiene un valor añadido ya que está exigiendo al niño una mayor dosis de creatividad, le hace enfrentarse a situaciones desconocidas en las que debe aprender las reglas, deja aflorar emociones que pueden servirnos para conocer algunas de sus carencias, muestra su desarrollo evolutivo y le ayuda a madurar más rápidamente.

No se trata de ir, de forma drástica, eliminando cualquier otro estímulo externo que le sugiera lo que hacer, sino en permitir que tenga momentos en los que verdaderamente deba “buscarse la vida” para conseguir aprovechar su tiempo libre.  Dejar que aflore el juego espontáneo hará que ponga en marcha determinados recursos y mecanismos propios (ingenio, intuición, razonamiento, inteligencia,…) para salir del aburrimiento.

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