Educar en el asombro: silencio, belleza y respeto a la infancia

  • El asombro es la motivación interna del niño y el origen de un aprendizaje profundo y significativo.
  • Educar en el asombro exige silencio, respeto por los ritmos infantiles y espacios sin sobreestimulación.
  • La belleza auténtica, la naturaleza y el juego libre crean el entorno ideal para que la curiosidad florezca.
  • Padres y docentes actúan como facilitadores, protegiendo la inocencia y la capacidad de contemplar la realidad.

Educar en el asombro en la infancia

Catherine Lecuyer es autora del libro Educar en el asombro. Una lectura muy recomendable puesto que marca la pauta de la felicidad como un ingrediente que parte de la contemplación y de la capacidad de observar las cosas como la primera vez. Esta obra propone replantear la educación como un viaje que nace desde el interior del niño y se abre al mundo que le rodea, donde los adultos actúan como facilitadores y no como simples transmisores de contenidos.

Hoy en día, los niños reciben tantos estímulos a través de las distintas pantallas que este exceso de información, lejos de ser un aliciente para el asombro, lo apaga e incluso puede llegar a «matar» esa capacidad inicial de maravilla. Un ruido constante, actividades encadenadas y agendas saturadas pueden alejar a los pequeños del juego libre, de la naturaleza, del silencio y de la belleza, elementos que Lecuyer considera esenciales para un desarrollo sano y para la verdadera motivación por aprender.

Qué significa educar en el asombro

Concepto de educar en el asombro

Educar en el asombro supone entender que el sentido del asombro del niño es lo que le lleva a descubrir el mundo. Ese asombro es su motivación interna, su estimulación natural más temprana y profunda. No se trata de añadir estímulos artificiales, sino de respetar y acompañar la curiosidad que ya existe, evitando la sobrestimulación que satura sus sentidos y bloquea su capacidad de interés genuino.

Desde esta perspectiva, la educación no comienza fuera, con programas apresurados y contenidos interminables, sino dentro del niño, como ya defendía María Montessori. El papel de padres y docentes es crear un entorno que proteja su inocencia, sus ritmos, su sentido del misterio y su sed de belleza. Educar en el asombro es, en el fondo, cuidar la infancia para que el niño pueda adentrarse en la realidad con ilusión, serenidad y deseo auténtico de conocer.

El valor del silencio en la educación

Desde el punto de vista de la autora, el silencio es ese ingrediente vital que define a todo ser humano, y querer huir de él es como querer apartarnos de aquello que realmente nos configura. En un mundo saturado de ruidos, notificaciones y estímulos constantes, el silencio se convierte en un bien escaso pero imprescindible para el equilibrio interior del niño.

Mediante el silencio, el niño descubre el entorno que le rodea, se hace preguntas y potencia su mente inquieta. El silencio le permite observar con calma, conectar con lo que siente y piensa, y abrir espacio para que nazca el asombro ante un detalle, un sonido de la naturaleza, un gesto o una historia. En ese clima sereno, la curiosidad se convierte en motor de aprendizaje profundo y no en mera acumulación de datos.

Educar en el asombro implica también fomentar momentos diarios sin pantallas ni ruido de fondo, en casa y en el aula, en los que el niño pueda simplemente estar presente: mirando por la ventana, hojeando un libro tranquilo, escuchando un cuento o contemplando un paisaje. Estos pequeños espacios silenciosos son la base para desarrollar la atención sostenida y la capacidad de pensar antes de actuar.

Respetar el ritmo infantil y las etapas de crecimiento

Es muy aconsejable respetar el ritmo infantil en los procesos de aprendizaje. En la actualidad se observa un fenómeno preocupante: la infancia se acorta y se adelanta la adolescencia. Programar a los niños para un sinfín de actividades, exigir resultados tempranos y forzar aprendizajes para los que aún no están preparados equivale a quemar etapas de forma rápida.

Esta aceleración negativa del proceso de crecimiento aleja a los niños de su propia naturaleza infantil, de su inocencia y de su capacidad de juego espontáneo. Según plantean Lecuyer y la tradición pedagógica de inspiración montessoriana, el proceso de aprendizaje se inicia dentro del niño y los adultos deben ser acompañantes respetuosos, no impulsores de una carrera sin sentido hacia el rendimiento.

Respetar los ritmos implica aceptar que cada niño tiene su propio tiempo para madurar habilidades, que el error es parte del proceso y que la presión constante por resultados puede apagar la motivación intrínseca. En lugar de centrarse en la memorización rápida y la obsesión por los exámenes, se propone una educación que valore la experiencia, la exploración, las preguntas y el descubrimiento activo del entorno.

Universo de belleza, naturaleza y juego libre

Uno de los principales mecanismos para el asombro es crear un universo de belleza en torno al mundo infantil. Esta máxima es válida tanto para los niños como para los adultos, ya que todos necesitamos rodearnos de aquello que es bello en sí mismo para cultivar la sensibilidad y la gratitud por la vida cotidiana.

Un escenario de belleza especialmente enriquecedor es organizar excursiones a la naturaleza, donde los pequeños puedan observar el cielo, los árboles, el agua, los animales y los ciclos de las estaciones. Estas experiencias, vividas sin prisas y sin dispositivos que interfieran, favorecen el asombro auténtico y un vínculo profundo con el mundo real, mucho más allá de las imágenes rápidas de las pantallas.

Cuando la autora habla de belleza lo hace desde su raíz más profunda y no solo desde el punto de vista estético. Mientras que la moda es cambiante, aquello que es bello porque transmite su verdad y su bondad de acuerdo a su naturaleza permanece y es atemporal. Rodear al niño de buenas historias, arte de calidad, relaciones cuidadas, orden y armonía en los espacios cotidianos contribuye a que pueda percibir esa belleza que no pasa.

Solo apreciando el valor de la belleza profunda del mundo y de la vida es posible apreciar la felicidad en las pequeñas cosas: una conversación tranquila, un cuento compartido, el olor de la lluvia o el tacto de la tierra en un huerto escolar. Educar en el asombro significa proteger el juego libre, la creatividad espontánea y la conexión con la realidad, más allá de la saturación tecnológica y de la prisa por llegar antes a todas partes.

Todo este enfoque convierte la educación en una aventura maravillosa que devuelve a los niños aquello que nunca deberían perder: su capacidad de sorprenderse, de preguntar, de aprender motivados por lo que les fascina y de vivir su infancia con plenitud, sin que la carrera por el éxito les robe lo mejor del camino.