El programa de prácticas universitarias en entornos rurales, conocido como Erasmus Rural, se ha convertido en los últimos años en una de las iniciativas más destacadas para acercar el talento joven a los pueblos. Sin embargo, un reciente informe elaborado por la Cátedra DPZ sobre Despoblación y Creatividad de la Universidad de Zaragoza pone de manifiesto que, aunque la experiencia es muy valorada, no es suficiente por sí sola para lograr que los participantes se queden a vivir en el medio rural.
El estudio, presentado en la Diputación Provincial de Zaragoza, analiza la opinión de cientos de estudiantes y entidades que han participado en programas como Desafío, Arraigo, Campus Rural, UCLM Rural, Odisseu, Raíces/Sustraiak, Talent Rural e Impuls Rural. Los resultados revelan una paradoja: los jóvenes puntúan la experiencia con notas sobresalientes, pero señalan carencias estructurales que dificultan su asentamiento definitivo.
Un programa con impacto real pero con limitaciones

Desde su puesta en marcha en 2018, el Erasmus Rural ha logrado que alrededor del 10% de los estudiantes que realizan prácticas en municipios pequeños acaben quedándose en ellos. La diputada delegada del Cuarto Espacio, Cristina Palacín, ha destacado que estas iniciativas conectan el mundo académico con el laboral y sirven de puente entre la ciudad y el campo. El modelo ha sido replicado en provincias como Huesca, Teruel, Castellón, Alicante y Navarra, e incluso el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco) se inspiró en él para crear el programa Campus Rural.
El director de la Cátedra, Vicente Pinilla, ha señalado que el hecho de que otras administraciones copien el modelo demuestra su buena acogida. No obstante, el informe advierte de que la falta de oportunidades laborales y de servicios básicos sigue siendo el principal escollo para que los jóvenes se planteen un futuro en los pueblos.
La visión de los estudiantes: buena experiencia, pero con carencias
Las encuestas realizadas a cerca de 700 estudiantes revelan que la valoración media de las prácticas es de 8,98 sobre 10. Los aspectos mejor puntuados son la acogida por parte de las entidades (9,12) y los vínculos personales y profesionales creados (8,95). Además, los jóvenes consideran que los municipios rurales son lugares atractivos para vivir, con una nota de 8,02. Sin embargo, las oportunidades laborales solo reciben un 6,74, y el acceso a internet y a los servicios se desploma hasta el 5,4.
Uno de los autores del informe, Adrián Palacios-Mateo, ha explicado que existe un cierto sesgo de percepción, ya que los estudiantes comparan el ocio de los pueblos con el de las ciudades, cuando son modelos diferentes. Aun así, las infraestructuras y la oferta de ocio son factores determinantes a la hora de decidir si establecerse o no en el medio rural.
Las entidades, satisfechas pero sin capacidad de contratar

Por su parte, las 540 entidades que respondieron a la encuesta otorgan a los programas una nota de 9,30 sobre 10. Valoran especialmente su labor para desmitificar los estereotipos sobre la vida en los pueblos. No obstante, la mayoría reconoce que no contrataría a los estudiantes tras las prácticas, principalmente por la imposibilidad de convocar oposiciones o por falta de músculo financiero. Vicente Pinilla ha añadido que el tejido empresarial rural suele ser débil y que los objetivos de las empresas y los jóvenes no siempre coinciden.
A pesar de ello, las entidades ven con buenos ojos que los jóvenes emprendan o abran negocios en la zona, aunque esta opción no está entre las prioridades de los universitarios. El estudio también detecta una diferencia significativa en la percepción de las condiciones de vida: las entidades valoran mejor la conectividad, la vivienda y los servicios que los propios estudiantes, lo que sugiere que quienes ya viven en el territorio pueden estar infravalorando las barreras que perciben los potenciales nuevos residentes.
Conclusiones: una herramienta necesaria, pero no suficiente

El informe concluye que los Erasmus rurales son una pieza relevante dentro de una estrategia más amplia de desarrollo rural y cohesión territorial. Ayudan a resolver un problema de información y de conexión entre los trabajadores cualificados y los territorios que necesitan talento. Sin embargo, para lograr un arraigo duradero es imprescindible complementarlos con políticas públicas que mejoren el empleo, la vivienda, la conectividad y los servicios en los municipios pequeños.
Los autores subrayan que la buena valoración de la experiencia no se traduce automáticamente en una decisión de quedarse. Por eso, insisten en que las administraciones deben trabajar en paralelo para eliminar las carencias que los jóvenes perciben como barreras. Solo así se podrá convertir una experiencia positiva en una oportunidad real de repoblación.
En definitiva, el Erasmus Rural ha demostrado ser una iniciativa valiosa para acercar a los universitarios a la realidad de los pueblos y para cambiar la imagen de la despoblación. Pero los datos del informe de la Cátedra DPZ son claros: sin mejoras en infraestructuras, empleo y servicios, difícilmente se conseguirá que estos jóvenes se conviertan en nuevos habitantes del medio rural. El reto está ahora en las políticas complementarias que acompañen a estos programas.
