Hablar de sostenibilidad sin que nadie se pierda por el camino es uno de los grandes retos de las empresas hoy en día. Cada vez son más las organizaciones que elaboran memorias e informes para contar qué hacen en el plano ambiental, social y de buen gobierno, pero si el mensaje se queda en tecnicismos, siglas y frases farragosas, la ciudadanía, los clientes o incluso la plantilla desconectan al segundo.
Al mismo tiempo, ocultar o edulcorar la realidad en materia de sostenibilidad ya no cuela: el greenwashing y el green-hushing han puesto en guardia a inversores, reguladores y a la opinión pública. En este contexto, el lenguaje claro no es un adorno estilístico, sino una pieza estratégica de la responsabilidad social: permite informar con transparencia, generar confianza y convertir los datos de una memoria de sostenibilidad en decisiones y cambios reales.
Por qué el lenguaje claro es clave en las memorias de sostenibilidad
El lenguaje claro es mucho más que escribir “simple”. Es una manera de estructurar, redactar y presentar la información para que cualquier persona, independientemente de su formación o contexto sociocultural, pueda comprender sin esfuerzo qué hace una empresa en materia ambiental, social y de gobernanza.
En las memorias de sostenibilidad esto cobra un peso especial porque se manejan conceptos complejos como huella de carbono, gobernanza, economía circular, taxonomía verde, estándares GRI o indicadores no financieros. Cuando todo esto se presenta con jerga técnica, frases larguísimas o párrafos densos, la lectura se vuelve casi exclusiva para especialistas, justo lo contrario de lo que se busca con la transparencia.
Un enfoque de lenguaje claro implica centrar la redacción en las personas que van a leer el informe: clientes, plantilla, proveedores, comunidad local, inversores o administración pública. Significa ordenar la información de lo más importante a lo más específico, explicar siglas, evitar tecnicismos superfluos y usar ejemplos concretos en lugar de vaguedades del tipo “acciones medioambientales innovadoras”.
Además, la claridad lingüística está directamente ligada a la inclusión. Cuando las memorias se entienden sin necesidad de conocimientos previos avanzados, se abre la puerta a que más gente participe en el debate sobre el impacto ambiental y social de la organización. No se trata solo de comunicar, sino de democratizar el acceso a la información.
De ahí que, cada vez con más fuerza, se asuma que la comunicación sobre sostenibilidad en lenguaje claro no es una opción, sino un requisito ético y estratégico para cualquier entidad que se tome en serio su responsabilidad con el entorno.
Normas y marcos que respaldan la claridad y la transparencia
En los últimos años se han desarrollado estándares internacionales específicos sobre lenguaje claro que refuerzan la necesidad de hacer accesibles las comunicaciones corporativas. Un ejemplo destacado es la norma UNE-ISO 24495-1, que fija principios y requisitos para lograr textos comprensibles, eficaces e inclusivos.
Esta norma pone énfasis en aspectos como adecuar el mensaje al público destinatario, usar estructuras lógicas, títulos descriptivos, párrafos razonablemente breves, vocabulario común y definiciones sencillas de conceptos técnicos. Aplicarla en memorias de sostenibilidad ayuda a que el contenido no se convierta en un documento opaco solo apto para especialistas.
Junto con esta referencia específica de lenguaje claro, las memorias de sostenibilidad se apoyan normalmente en marcos reconocidos a nivel global que también exigen transparencia y rigor en la información:
- Global Reporting Initiative (GRI), uno de los estándares más utilizados, que guía qué información reportar y cómo estructurarla para cubrir de forma sistemática el impacto económico, ambiental y social.
- ISO 26000, que aunque no es certificable, ofrece pautas sobre responsabilidad social y ayuda a integrar prácticas sostenibles en la estrategia y operaciones de la organización.
- Pacto Mundial de Naciones Unidas, cuyos diez principios en derechos humanos, normas laborales, medio ambiente y anticorrupción marcan una base mínima de actuación responsable.
- Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que permiten vincular las acciones de la empresa con metas globales como clima, igualdad o trabajo decente.
Cuando se combinan estos marcos con el enfoque de la UNE-ISO 24495-1, se consigue que el informe sea sólido en contenidos y claro en su lenguaje. No basta con cumplir un checklist de indicadores; es imprescindible que las personas puedan entender qué significan esos datos y cómo se traducen en cambios reales.
La claridad también se vuelve crucial en contextos multilingües: la traducción y la localización deben respetar los principios de lenguaje sencillo para que el mensaje conserve su precisión y siga siendo accesible en cada idioma y cultura donde se publique la memoria.
Greenwashing y green-hushing: cuando el lenguaje confunde o calla
En el ámbito de la sostenibilidad se han popularizado dos términos que resumen bien los riesgos de una mala comunicación: greenwashing y green-hushing. Ambos dañan la confianza y tienen un denominador común: falta de claridad y honestidad al contar lo que realmente se hace.
El greenwashing, o ecoblanqueo, consiste en proyectar una imagen verde que no se corresponde con los hechos. Es frecuente ver expresiones como “producto eco”, “natural” o “100 % sostenible” sin datos que las respalden. En las memorias de sostenibilidad se manifiesta cuando se destacan logros menores, se ocultan impactos relevantes o se usan frases tan vagas que impiden saber qué ha cambiado de verdad.
El green-hushing, conocido como “silencio verde”, se sitúa en el extremo contrario: organizaciones que deciden no comunicar sus avances en sostenibilidad por miedo a las críticas o a no cumplir todas las expectativas. Estudios recientes señalan que aproximadamente un 23 % de las empresas optan por no publicar sus progresos en responsabilidad social corporativa, limitando así la transparencia y dificultando la existencia de referentes positivos en cada sector.
Ambas conductas tienen un impacto evidente: erosionan la credibilidad de la comunicación corporativa, frenan el aprendizaje colectivo y obstaculizan el compromiso de otros actores. La ciudadanía percibe que o bien se exageran los logros o bien se evita dar explicaciones, lo que alimenta la desconfianza hacia cualquier mensaje sobre sostenibilidad.
Frente a eso, el lenguaje claro, riguroso y basado en evidencias es una herramienta poderosa. Explicar con precisión qué se ha hecho, con qué datos se mide y qué retos siguen pendientes permite esquivar tanto el maquillaje verde como el mutismo. No se trata de vender perfección, sino de contar con honestidad un camino de mejora continua, con éxitos y también con dificultades.
Memorias de sostenibilidad: qué son y por qué importan
Las memorias o informes de sostenibilidad son documentos que recogen de forma sistemática el desempeño económico, ambiental y social de una organización. Pueden llamarse de diferentes maneras según el marco de referencia o la legislación aplicable: Estado de Información No Financiera (EINF), Informe de Responsabilidad Social Empresarial, Reporte de RSC, etc.
Más allá de las siglas, su finalidad es similar: mostrar con datos y explicaciones el impacto de la actividad empresarial, así como los compromisos, objetivos y políticas que se aplican para avanzar hacia modelos más responsables y sostenibles. En muchos casos, esta información se integra ya en el propio informe anual o memoria integrada.
Su importancia no se limita a “cumplir expediente”. Un buen informe de sostenibilidad permite a la empresa evaluar sus resultados, detectar áreas de mejora y fijar metas claras a medio y largo plazo. También abre un diálogo con grupos de interés como clientes, plantilla, inversores, proveedores, comunidad local o administraciones públicas.
Cuando se comunican de forma clara y honesta, estas memorias se convierten en una herramienta estratégica de comunicación corporativa. Reforzan la imagen de marca, muestran coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, y ayudan a diferenciarse en mercados donde la sostenibilidad es un factor cada vez más valorado.
En sectores con fuerte exigencia regulatoria, además, elaborar y publicar informes rigurosos puede ser un requisito legal. Incluso cuando no son obligatorios, muchas organizaciones deciden adoptarlos porque entienden que su reputación y su licencia social para operar dependen en gran parte de esa transparencia.
El papel de las pymes y las memorias GRI: empezar con buen pie
Puede parecer que las memorias de sostenibilidad son solo cosa de grandes corporaciones, pero las pequeñas y medianas empresas tienen mucho que ganar si se suman a esta práctica, especialmente si usan marcos como los estándares GRI adaptados a su realidad.
Para una pyme, elaborar una memoria siguiendo GRI es una oportunidad para demostrar un compromiso real con la responsabilidad social, mejorar la reputación, atraer clientes e inversores más conscientes e incluso facilitar el acceso a licitaciones y cadenas de suministro donde se exigen criterios ambientales y sociales.
Entre los beneficios más claros están la mejora de la imagen de marca, la capacidad de identificar oportunidades de innovación (por ejemplo, reduciendo consumos o residuos), el cumplimiento de regulaciones emergentes y el refuerzo de la relación con clientes y proveedores que ya exigen información no financiera.
Lo recomendable para una pyme es empezar de forma realista: no es necesario cubrir todos los indicadores GRI desde el primer informe. Se puede arrancar con un conjunto básico de temas materiales, ir mejorando la recogida de datos año a año y ampliar el alcance del reporte conforme haya más experiencia y recursos internos.
En este contexto, el lenguaje claro es todavía más determinante. Un informe GRI para pymes redactado en un tono cercano y comprensible facilita que la plantilla se implique y reciba formación, que la dirección entienda mejor los resultados y que los grupos de interés perciban el esfuerzo de forma positiva, sin que el documento parezca algo “impuesto” y desconectado del día a día del negocio.
Cómo estructurar y redactar un informe de sostenibilidad comprensible
Desarrollar una memoria de sostenibilidad puede asustar al principio, pero si se sigue una lógica clara y se aplica el enfoque de lenguaje sencillo, el proceso se vuelve mucho más manejable y el resultado gana en utilidad.
Un primer paso es definir el marco de referencia (GRI, EINF, ODS, etc.) y, a partir de ahí, organizar el índice del informe en secciones bien diferenciadas: contexto y modelo de negocio, estrategia de sostenibilidad, impactos ambientales, desempeñ o social y laboral, aspectos económicos y de buen gobierno, entre otras.
En cada bloque conviene incluir indicadores clave de desempeño (KPI) que permitan medir el progreso: emisiones de gases de efecto invernadero, consumo de agua y energía, gestión de residuos, igualdad de género, formación, seguridad y salud laboral, diversidad, inversión social, entre otros. No basta con enumerar acciones; hay que aportar cifras y, cuando sea posible, series temporales.
Desde el punto de vista del lenguaje, es esencial evitar la jerga técnica innecesaria y las frases enrevesadas. Cuando se use un término complejo (como “resiliencia climática” o “finanzas sostenibles”), es buena práctica añadir una explicación breve y sencilla que lo ponga en contexto. De este modo, cualquier lector, incluso sin formación especializada, puede seguir el hilo.
También ayuda mucho incorporar ejemplos concretos que aterrizan el contenido. En lugar de hablar solo de “acciones medioambientales”, mejor especificar: “se ha reducido un 30 % el consumo de papel”, “se ha pasado a un 60 % de energía renovable” o “se han instalado sistemas de reutilización de agua en la planta de producción”. Estos detalles facilitan que el lector visualice el impacto real.
Por último, la estructura interna de cada apartado debería ser lógica: empezar por lo más relevante, explicar el contexto, mostrar datos claros y cerrar con los retos pendientes. Una memoria de sostenibilidad no es un folleto publicitario; debe mostrar también las dificultades y los aspectos a mejorar para ganar credibilidad.
Pasos prácticos para preparar una memoria eficaz y clara
Más allá de la teoría, resulta útil plantear el trabajo en etapas encadenadas que faciliten el proceso de elaboración de la memoria, tanto en grandes empresas como en pymes.
En la fase de análisis inicial, lo primero es identificar los grupos de interés clave (clientes, plantilla, proveedores, comunidad local, administraciones, inversores, etc.) y realizar un ejercicio de materialidad para decidir qué temas son realmente relevantes para ellos y para el negocio. Esa priorización evitará memorias interminables pero poco significativas.
Después llega el momento de recopilar los datos necesarios. Aquí suele estar uno de los mayores retos: la información se encuentra dispersa en distintos departamentos y sistemas. Establecer un procedimiento interno claro, con responsables definidos y plazos, ayuda a centralizar y verificar los datos ambientales, sociales y económicos que se incluirán en el informe.
Con la información en la mano, se pasa a la redacción. Es clave estructurar el contenido siguiendo el marco elegido (por ejemplo, las normas GRI) y aplicar sistemáticamente los principios de lenguaje claro: ordenar bien los apartados, usar títulos descriptivos, frases cortas, vocabulario accesible y explicaciones de siglas o términos complejos.
Antes de publicar, se recomienda una fase de revisión y contraste: comprobar coherencias internas, corregir errores y pedir comentarios a personas clave, tanto internas como externas. Este feedback puede revelar lagunas de información o puntos que generan confusión y que conviene clarificar antes de que la memoria vea la luz.
Finalmente, hay que pensar en la difusión: la memoria solo cumple su función si llega a los públicos a los que va dirigida. Colgar el documento en la web corporativa es necesario, pero se puede complementar con resúmenes ejecutivos, infografías, newsletters, redes sociales o presentaciones específicas para distintos grupos de interés.
Mejores prácticas de redacción en lenguaje claro para sostenibilidad
Para que una memoria de sostenibilidad tenga impacto, no basta con cumplir normas: la forma de contar las cosas marca la diferencia. Algunas buenas prácticas básicas de lenguaje claro pueden mejorar radicalmente la experiencia de lectura.
La primera es conocer bien a la audiencia. No es lo mismo dirigirse a analistas financieros que a la comunidad local de un municipio pequeño, ni a empresas proveedoras que a estudiantes o entidades del tercer sector. Adaptar el tono, los ejemplos y el nivel de detalle a quienes van a leer evita malentendidos y hace que la información resulte relevante.
Conviene además centrarse en los temas clave y no dispersarse. Identificar los asuntos de sostenibilidad más relevantes (emisiones, igualdad, derechos laborales, gobernanza, impacto en la cadena de suministro, etc.) ayuda a destinar más espacio y claridad a lo que realmente importa y a no llenar la memoria de datos secundarios que confunden.
Otra pauta fundamental es usar un lenguaje directo y conciso. Frases muy largas, párrafos eternos o abuso de subordinadas hacen que el lector se pierda. Es preferible ir al grano, utilizar verbos en voz activa y evitar construcciones impersonales del tipo “se procedió a la implementación de…”, sustituyéndolas por “la empresa implantó…”.
Para reforzar la comprensión, es muy útil apoyarse en recursos visuales claros: tablas, gráficos y diagramas bien diseñados que muestren tendencias, comparaciones y logros de forma rápida. Aquí también es importante el lenguaje claro: títulos explicativos en los gráficos, leyendas entendibles y ausencia de tecnicismos innecesarios.
Por último, hay que cuidar la coherencia del mensaje. Si lo que se comunica no encaja con lo que se percibe en la práctica, la mejor redacción del mundo no salvará la reputación de la empresa. La transparencia incluye reconocer limitaciones y pasos pendientes, algo que el público valora cada vez más que los discursos triunfalistas vacíos de contenido.
Desafíos frecuentes y cómo afrontarlos con claridad
La elaboración de informes de sostenibilidad suele enfrentarse a una serie de trabas recurrentes que, bien gestionadas, pueden convertirse en oportunidades para reforzar el uso del lenguaje claro y mejorar la gestión interna.
Uno de los problemas más habituales es la dispersión y falta de rigor en los datos. Si cada departamento maneja cifras distintas o formatos incompatibles, la memoria se vuelve un rompecabezas. Implantar sistemas centralizados de recogida y verificación de información, con responsables claros y criterios homogéneos, no solo facilita el reporte, también mejora la propia gestión de la sostenibilidad.
Otra dificultad frecuente es la escasa implicación de la alta dirección. Sin apoyo de la cúpula, el informe se percibe como una carga más y es complicado conseguir tiempo, recursos o colaboración del resto de la organización. La clave está en demostrar que una memoria bien hecha, clara y útil, aporta valor estratégico: ayuda a tomar decisiones, refuerza la reputación y responde a expectativas crecientes de reguladores, clientes e inversores.
También hay riesgo de que la memoria se vuelva excesivamente extensa y técnica. Una sobrecarga de información mal organizada acaba perjudicando la comprensión. Resumir y destacar lo esencial —sin ocultar nada importante— es parte del trabajo de redacción en lenguaje claro.
Además, algunas empresas caen en la tentación de convertir el informe en una lista sin hilo conductor de acciones sueltas. Para evitarlo, es fundamental vincular cada dato o iniciativa con la estrategia de sostenibilidad general, explicar por qué se ha actuado así y qué objetivos se persiguen a medio y largo plazo.
En un entorno cada vez más global y digitalizado, no hay que olvidar los aspectos multilingües: la traducción literal y sin contexto puede arruinar un buen contenido. Contar con profesionales de la traducción y la localización especializados en sostenibilidad, que respeten los principios de lenguaje claro en cada idioma, es decisivo para que el mensaje llegue intacto a todas las audiencias.
La combinación de informes sólidos, lenguaje transparente y una comunicación multilingüe ética hace que las memorias de sostenibilidad pasen de ser una obligación formal a una herramienta de transformación, capaz de acercar las políticas ambientales y sociales a la ciudadanía y de impulsar compromisos colectivos frente a los retos ambientales actuales.
Cuando las empresas ponen a las personas en el centro de sus informes, explican con sencillez sus avances y desafíos, evitan el maquillaje verde y el silencio estratégico y se apoyan en marcos y normas de lenguaje claro, las memorias de sostenibilidad dejan de ser simples documentos para cumplir con un trámite y se convierten en relatos honestos que inspiran confianza, facilitan la acción y refuerzan el papel de la comunicación como motor real del cambio sostenible.