Curioso estudio el que se ha llevado a cabo recientemente, y que tiene como objetivo a los niños con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Como ya sabéis, esta condición ha estado provocando una gran cantidad de problemas, sobre todo en lo que concierne a la concentración, la planificación de tareas y la gestión del tiempo. De hecho, no son pocas las ayudas y esfuerzos puestos en marcha con el fin de echarles una mano en los estudios y en su adaptación escolar y familiar, incluyendo apoyo psicopedagógico, ajustes metodológicos y pautas específicas para docentes y familias.
La University of Central Florida ha llevado a cabo una investigación gracias a la que se ha descubierto que los niños con TDAH necesitan, al contrario de lo que se pensaba, moverse para poder aprender y estudiar. Aunque las enseñanzas tradicionales se centraban en el hecho de intentar que los niños se quedaran quietos y en silencio, se ha demostrado que lo mejor se consigue si se hace al revés, permitiendo cierto movimiento regulado mientras realizan tareas cognitivas como leer, resolver problemas matemáticos o memorizar información.
Lejos de ser un mero detalle de conducta, esta necesidad de moverse está relacionada con el funcionamiento neurológico de los niños con TDAH. Su sistema nervioso busca constantemente estímulos para mantener un nivel adecuado de activación y, cuando el entorno es demasiado estático, aparece el movimiento como vía espontánea para compensar. Comprender este mecanismo es clave para dejar de interpretar el movimiento como simple desobediencia y empezar a verlo como una estrategia de autorregulación.
Por qué el movimiento ayuda a los niños con TDAH
Si comprobáis el comportamiento de estos niños, descubriréis que pueden llegar a moverse mucho cuando están estudiando: se balancean en la silla, mueven los pies, juegan con el bolígrafo o cambian de postura constantemente. Es algo que les ayuda, ya que se trata de movimientos clave que además están vinculados al hecho de recordar información y realizar tareas cognitivas complejas. No se trata solo de inquietud, sino de una manera de autorregular su nivel de alerta para poder centrarse mejor en lo que están haciendo.
Los investigadores observaron que, cuando se les permite cierto grado de actividad motora (mover las piernas, balancearse ligeramente, manipular pequeños objetos), estos niños retienen más datos, siguen mejor las instrucciones y se implican más en la tarea. En cambio, cuando se les obliga a permanecer completamente quietos, aumenta la distracción, aparece más frustración y el rendimiento académico se resiente, algo que también destacan muchos equipos de orientación educativa y especialistas en neurodesarrollo.
Este tipo de movimiento no es aleatorio: suele ser repetitivo, de baja intensidad y se integra de manera natural en la actividad que están realizando. Por eso, lejos de interrumpir el proceso de aprendizaje, actúa como una especie de motor interno que mantiene el cerebro activo y preparado para procesar la información. En estos casos, parece que será mejor hacer todo lo contrario a lo que se recomienda en muchos entornos educativos tradicionales y buscar un equilibrio entre estructura y flexibilidad.
Desde la perspectiva de la neurociencia, el movimiento favorece la activación de áreas cerebrales implicadas en la memoria de trabajo, la atención sostenida y el control inhibitorio. Además, incrementa el flujo sanguíneo cerebral y facilita la liberación de ciertos neurotransmisores relacionados con la motivación y el interés. Todo ello crea un contexto interno más propicio para que el niño pueda aprovechar las explicaciones, completar tareas y mantener la atención durante más tiempo.
Además, se ha visto que el movimiento favorece la autorregulación emocional: reduce la ansiedad, canaliza la impulsividad y ayuda a disminuir conductas disruptivas. Todo ello crea un entorno más favorable para que el niño pueda concentrarse y participar de forma positiva en el aula o en casa. Cuando el adulto entiende que necesita moverse y le ofrece opciones concretas para hacerlo, disminuyen las luchas de poder y se facilita una relación más cooperativa.
Implicaciones en el aula: cómo adaptar la enseñanza
A partir de estos hallazgos, muchos docentes están replanteando la forma de entender la disciplina en clase. Más que exigir inmovilidad absoluta, se recomienda ofrecer oportunidades controladas de movimiento que no interfieran en la explicación ni en el trabajo de los demás compañeros. Por ejemplo, se pueden usar sillas dinámicas, pelotas pequeñas antiestrés, bandas elásticas en las patas de la silla o permitir que el niño cambie de posición puntualmente sin que eso se viva como un castigo o una falta de respeto.
Otra estrategia útil es introducir pequeñas pausas activas entre actividades, en las que los alumnos se levantan, estiran el cuerpo, caminan unos pasos o realizan ejercicios breves. Para un niño con TDAH, estas pausas no son un premio, sino una necesidad para poder volver a la tarea con un mayor nivel de concentración. Muchos centros ya utilizan estos descansos de dos o tres minutos cada cierto tiempo como recurso preventivo frente al cansancio y la desatención.
También se ha visto que funciona muy bien integrar el movimiento en las actividades de aprendizaje: resolver operaciones saltando en una alfombra con números, repasar vocabulario pasando tarjetas de un lado a otro del aula o leer en voz alta mientras se camina despacio por un espacio delimitado. De este modo, el niño no tiene que luchar constantemente contra su necesidad de moverse, sino que la utiliza a su favor para aprender y participar activamente en la dinámica de clase.
Además de estas medidas, es muy conveniente organizar el aula de manera que el niño con TDAH esté ubicado en un lugar con menos distracciones visuales y auditivas, cerca del profesor y con acceso sencillo a los materiales que necesita. Alternar tareas más exigentes con otras más breves o manipulativas, ofrecer instrucciones claras por pasos y utilizar apoyos visuales (esquemas, pictogramas, listas) también contribuye a que el movimiento no se convierta en descontrol, sino en una ayuda integrada en la rutina.
Por último, es importante que el profesorado reciba formación específica sobre TDAH: conocer cómo piensa y siente el alumno, qué tipo de apoyos necesita y qué ajustes metodológicos pueden marcar la diferencia. La clave está en combinar límites claros con comprensión y flexibilidad a la hora de permitir ciertos movimientos funcionales. Un docente que entiende la función del movimiento puede diseñar actividades más inclusivas y reducir la necesidad de recurrir constantemente a llamadas de atención o castigos.
Cómo pueden ayudar las familias en casa
La próxima vez que veáis moverse de manera incluso desproporcionada a un niño con TDAH, será mejor que le dejéis hacer las cosas a su manera, siempre dentro de unos límites razonables. Puede que eso que a nosotros nos resulta tan extraño sea en realidad la mejor forma que tiene de realizar tareas complicadas o aprender nuevos conceptos. Tenedlo en cuenta, especialmente durante los deberes o el estudio en casa, para evitar discusiones innecesarias y reforzar su autoestima.
En el hogar, se pueden crear rutinas que combinen periodos de estudio estructurado con momentos breves de movimiento: levantarse a por agua, estirar las piernas, hacer unos cuantos saltos suaves o caminar por el pasillo. Establecer estos descansos de antemano ayuda a que el niño no se levante de forma constante y favorece que perciba el movimiento como parte del proceso de trabajo, no como una excusa para escapar de la tarea.
También es recomendable ofrecer un espacio de estudio que admita cierta flexibilidad postural: permitir que el niño estudie sentado en una pelota de estabilidad, de pie en un atril alto o incluso tumbado boca abajo en una alfombra, siempre que pueda mantener la atención en la tarea. Para muchos niños con TDAH, estas variaciones son fundamentales para evitar el cansancio y el aburrimiento, y muchas familias comprueban que, cuando se respetan estas necesidades sensoriales, disminuyen las discusiones en torno a los deberes.
Otras ayudas sencillas incluyen el uso de objetos manipulables discretos (pelotas blandas, anillas, bolígrafos con textura) que el niño pueda tener en la mano mientras lee o escucha explicaciones. Aunque a los adultos pueda parecerles una distracción, en muchos casos actúan como un regulador sensorial que facilita la concentración. También puede ser útil dividir las tareas largas en pequeños bloques con objetivos claros, de forma que el niño vea avances frecuentes y mantenga la motivación.
Cuando la familia comprende que el movimiento es una forma de autorregulación y no una falta de respeto o desobediencia, el clima en casa mejora notablemente. Cambia la mirada sobre el niño: se deja de insistir tanto en que “se esté quieto” y se empieza a buscar cómo canalizar esa energía para potenciar su aprendizaje y su bienestar emocional. Esta forma de acompañar, compartida entre escuela y hogar, permite que los niños con TDAH se sientan más comprendidos y apoyados, reduzcan el sentimiento de fracaso y puedan desarrollar mejor sus capacidades académicas, sociales y personales, aprovechando el movimiento como un verdadero aliado en su día a día.
Cuando docentes y familias interiorizan que estos niños aprenden mejor en movimiento y adaptan espacios, tiempos y expectativas, se abre una oportunidad real de transformar la experiencia escolar y familiar del TDAH en algo mucho más positivo, respetuoso con sus necesidades y orientado a potenciar sus fortalezas.



