Un estudio que se ha realizado recientemente en Reino Unido y que ha sido llevado a cabo por la National Foundation for Educational Research ha mostrado que la jardinería es una práctica muy positiva en los niños. El estudio se llevó a cabo gracias a la colaboración de 1300 profesores que fueron entrevistados y diez escuelas que fueron examinadas. El estudio mostró que aquellas escuelas en donde los niños tenían clases sobre jardinería tenían más desarrolladas ciertas capacidades cognitivas.
¿Qué beneficios positivos produce la jardinería en los peques? En primer lugar, los niños al trabajar en equipo aprenden a relacionarse con los demás de una forma positiva y aprenden a colaborar en grupo. Una habilidad que es muy necesaria en el desarrollo de la personalidad adulta. Por otra parte, los niños tienen una motricidad más desarrollada y tienen una mejor comprensión del medio natural gracias a una actividad que promueve el amor al medio ambiente.
A través de la jardinería y el cuidado de las plantas, los niños también tienen mucho más desarrollado el espíritu de la responsabilidad al cuidar de forma regular de un jardín. Por otra parte, los niños también aprenden antes lo importante que es tener una alimentación saludable.
La jardinería es un entretenimiento muy positivo y divertido y los padres pueden inculcar este hábito a los niños porque la jardinería también puede ser entendida como un juego y una forma de ocio. Un entretenimiento a través del cual los niños desarrollan mucho más su inteligencia creativa.
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Fuente – Creadess.
Beneficios comprobados para el desarrollo y la salud
La jardinería potencia la salud integral de los niños. El contacto con la tierra y los microorganismos del suelo contribuye a un microbioma más diverso, lo que favorece un sistema inmune más fuerte. Además, centrarse en estímulos sensoriales del jardín —olores, colores, sonidos y texturas— ayuda a reducir el estrés y a regular la activación, ofreciendo una pausa de calidad frente a los estímulos digitales.
También es una forma de actividad física sostenida: cavar, regar, trasplantar y recolectar implican movimiento moderado que mejora resistencia, coordinación y fuerza. Al aire libre, los niños pasan más tiempo al sol y en movimiento, y disminuyen la exposición a pantallas, con impacto positivo en su bienestar mental y físico.
Aprendizaje interdisciplinar y habilidades cognitivas

El huerto es un aula viva donde se integran matemáticas y ciencia: contar semillas, medir distancias de plantación, calcular riegos y estimar cosechas refuerza el pensamiento lógico. Rotular plantas en varios idiomas potencia vocabulario y conciencia cultural. Además, observar el ciclo de germinación, diferenciar especies y registrar cambios fomenta pensamiento crítico y habilidades de observación.
En paralelo, se consolidan destrezas visomotoras y de motricidad fina con herramientas como regaderas, palas y trasplantes en semilleros. Con prácticas sencillas y repetidas, los niños ganan precisión y autoconfianza para tareas académicas y de la vida diaria.
Hábitos alimentarios y conocimientos gastronómicos
Sembrar hortalizas enseña el origen real de los alimentos y diferencia entre productos frescos y procesados. Los niños suelen estar más dispuestos a probar verduras nuevas si las han cultivado ellos mismos, y aprenden usos culinarios básicos: qué hierbas combinan con cada plato, cómo se aprovechan hojas, tallos o raíces, y cómo planificar menús familiares en función de la cosecha.
Además, cultivar implica elegir mejores opciones (snacks de huerto frente a ultraprocesados) y favorece una dieta con alto valor nutritivo y menor presencia de aditivos. La experiencia práctica de plantar–cuidar–cosechar crea un vínculo emocional que sostiene estos hábitos en el tiempo.
Paciencia, responsabilidad y recompensa
La naturaleza marca ritmos: no todo sucede al instante. Cuidar plantas enseña paciencia, constancia y responsabilidad cotidiana (regar, revisar plagas, respetar tiempos). La cosecha actúa como recompensa tangible al esfuerzo, elevando la autoestima y la independencia para nuevos retos.
Ideas prácticas para empezar (en casa o en la escuela)

- Espacios pequeños: un alféizar, balcón o mesa de cultivo bastan. Elegir macetas con buen drenaje y sustrato aireado.
- Tareas por edad: los más pequeños pueden sembrar, regar con regadera ligera y retirar hojas secas; los mayores ayudan a poda, entutorado y control básico de plagas.
- Plantas fáciles: rábanos, lechugas, acelgas, guisantes, zanahorias de variedad corta, fresas y hierbas aromáticas (orégano, tomillo, salvia, rúcula). La menta es resistente, pero es mejor cultivarla aparte porque se expande con facilidad.
- Mesas de cultivo: al tener poca profundidad, evita especies de raíz muy profunda (zanahorias largas o patatas) y plantas muy voluminosas; prioriza cultivos compactos como lechugas, rábanos, fresas o tomates cherry.
- Recursos creativos: rotular plantas en distintos idiomas, llevar un diario de huerto con medidas y dibujos, construir un comedero sencillo para aves para observar la fauna del jardín.
- Ritmo estacional: hablar de estaciones, clima, horas de sol y ciclos de vida para decidir qué plantar y cuándo.
Respeto por el clima y comprensión de la vida

El jardín es un mapa del entorno: se aprende a leer sol, lluvia y temperatura, a identificar insectos beneficiosos y a distinguir los que pueden dañar las plantas. Observar cómo una semilla germina, crece, florece y completa su ciclo enseña que la vida es cambio continuo y que todos los seres están conectados.

Sumar jardinería a la infancia no solo desarrolla habilidades cognitivas, emocionales y sociales: crea vínculos familiares, mejora hábitos de vida y cultiva un profundo respeto por la naturaleza. Con espacios modestos, objetivos claros y rutinas sencillas, cualquier familia o escuela puede disfrutar de sus beneficios durante todo el año.
